Atrévete a no ser perfecto¿Dónde está el límite entre ser riguroso y pasarse de perfeccionista? A veces es difícil establecer la diferencia entre ambos conceptos. Ser muy meticuloso tiene como parte negativa que la persona se excede en los límites de una tarea. Así por ejemplo, a un perfeccionista le cuesta mucho dar por terminado un trabajo porque considera que nunca acaba de estar bien y, eso implica a su vez, el retraso del inicio de otras tareas pendientes generando más tensión por la inseguridad de no poder cumplir con el plazo de finalización o entrega establecidos. De este modo, la obligación se convierte en meta y las actividades de ocio no se disfrutan lo suficiente. El perfeccionista no piensa nunca “Quiero hacer…”, sino “Debo hacer…”.
A continuación, os exponemos una serie de razones para dejar de ser perfeccionista:
- Superar el mito perfeccionismo = éxito: El pensar que todo lo que se hace en la vida tiene que salir perfecto tal y como se ha planeado, sin fallos ni errores y sin anomalías es un error ya que muchas veces no podemos controlarlo todo por mucho que queramos. El perfeccionismo no es una actitud sana ni beneficiosa, sino todo lo contrario: una tendencia malsana y perjudicial que no fomenta el éxito sino que aumenta la posibilidad de sentir sensación de fracaso.
- Insatisfacción: El perfeccionismo te impedirá saborear la satisfacción de cualquier cosa que logres. Un perfeccionista cree que no hay nada lo suficientemente bueno, porque la perfección sólo es lo aceptable. El problema es que la perfección no existe.
- Somos menos eficientes: El perfeccionista, incluso cuando ha terminado una tarea, se esfuerza en encontrar aspectos que se pueden mejorar. Empieza dedicando a este perfeccionamiento diez minutos, después media hora, a continuación una hora y finalmente, nos damos cuenta que esos pequeños detalles nos han llevado más tiempo que la tarea propiamente dicha.
- Somos menos efectivos: Sin ser realmente conscientes de que en la mayoría de los casos son innecesarios, comenzamos a incluir pequeños detalles porque creemos que mejoramos el resultado final de aquello que estamos haciendo. A veces todos estos pequeños cambios que introducimos aquí y allá, no sólo no añaden valor, sino que acaban por empeorarlo, como por ejemplo, en un trabajo en el que llenamos de elementos innecesarios una presentación que de otra forma sería minimalista y muy legible.
- Perdemos visión de conjunto: Cuando nos encontramos demasiado absorbidos por los pequeños detalles de la vida, resulta extremadamente sencillo perder la noción de cómo se encaja en un proyecto de vida global, en un objetivo a medio plazo. Dicho con otras palabras: “si cuidas demasiado tu jardín puedes acabar devorado por la selva que le rodea”.
- Nos preocupamos por problemas que realmente no existen: Uno de los problemas de las personas que son excesivamente perfeccionistas es que tienden a anticipar todos los problemas que se pueden encontrar durante el transcurso de la vida, antes de que efectivamente se presenten. Esto aunque tiene ciertas ventajas, ya que disponen de los recursos necesarios para hacerles frente, tiene también serios inconvenientes, como el hecho de malgastar tiempo y energías en problemas que en realidad nunca se llegan a presentar.
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